Goliardos y nomás los muertos están bien contentos
 
Goliardos y nomás los muertos están bien contentos
NoVa ExPrEsS
PoEsÍa...
OoRdAs gOLIáRDIcaS
mÁs AuToR@S
Goliardos y nomás los muertos están bien contentos
 
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Creación publicada e inédita...
En pLeNo, sImPlE, LlAnO y PaLaTiNo ProCEso DE (de)COnsTruCcIÓn..
 
Wueno, akí sólo un cuento de muestra, y un muñekito ;)
Del "Bestiario", de Alfonso Franco...
El cazador
(Arpías)

Mi disposición hacia ese negocio
era similar a la de alguien
que se ve enfrentado a la perspectiva
de saltar un charco demasiado ancho para saltarlo...
Lucius Shepard. Mengele.

I
La gente iba y venía, la mesa estaba puesta. Un lechón asado, fruta, cucharas y platos de madera que adornaban el festín como guardianes negros de tanto esperar.
Los niños corrían hacia todas direcciones. Una campanilla tocó la hora de la fiesta.
Las sonrisas se manchaban de comida, las nubes guiñaban desde el cielo hacia la aldea.

II
La tierra se hacía a un lado tras el galope de un corcel. Un hombre vestido de cuero y cota de malla sostenía las riendas y picaba los costados del animal, apurando el paso como si la primavera se le escurriera por el yelmo oxidado. Una carrera contra el viento. Una lucha contra las pistas del silencio.
La espada ceñida a la cintura del caballero se impacientaba; la empuñadura lloraba gotas de amanecer.

III
Un grito reventó entre las risas de la aldea; en el cielo se dibujaron lunares que aleteaban contra el olor a comida.
Aterrizaron en medio del pánico. Eran tres, primero se conformaron con envenenar la comida con sus orines, después siguieron los niños.
Los ataques eran implacables, hombres y mujeres caían bajo las garras. Los cadáveres se diluían entre la saliva de las bocas insaciables que rasgaban el músculo y pelaban las carcasas como manzanas manchadas de sangre.

IV
Las moscas comenzaban a repartirse el botín cuando el caballero llegó. Demasiado tarde.
A tiempo para encontrarse con el grupo de arpías.
Los ojos del hombre chocaron contra las pupilas negras, contra cabezas de mujer fundidas en cuerpos de pájaros de plumas negras y patas ensangrentadas.
La espada terminó su espera. Las sonrisas rojas se empaparon de rabia y las alas alzaron el vuelo.
El primer ataque fue contenido con la punta del arma, que se clavó directamente en la panza roñosa de una arpía. Una de las bestias pasó de largo al caballero y fue a encajar sus garras y dientes a la carne del corcel,
El contraataque del hombre decapitó a otra de las aves, pero el tercer monstruo se le echó encima tumbándolo al suelo y desprendiendo la espada del guante agresor. Las fauces penetraron en la pierna del hombre; la carne se abrió en una estría que vomitaba vida.
El dolor inundó el cuerpo del cazador, quien llevó una de las manos hacia el cinto que guardaba una daga. La hoja entró y salió varias veces del cuerpo de la arpía. El primer reflejo del monstruo fue desgarrar la carne entre sus dientes, el segundo fue un grito desesperado.

V
El fuego de la hoguera chamuscaba las plumas, la espada ensartaba una cabeza de mujer. Las manos del cazador aplicaban un torniquete sobre la pierna.
Otro festín, de carne monstruosa, comenzó al caer la noche.

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